21.10.11

BEBÉ JOHNSON AL DESCUBIERTO


—Buenas tardes, ¿está el señor de la casa?

—El señor de la casa soy yo, pues se da la circunstancia de que ésta es una casa y yo, como puede ver, soy el señor que está en ella, ¿es eso a lo que se refiere?

—Bueno, más bien me refiero a si está un señor en esta casa, es decir, si es usted el señor que está estando en esta casa. No es que dude de usted, pero tengo que hablar con alguien que sea realmente un señor, al menos en esta casa. De no ser así, nada de todo esto tendría sentido, o si lo prefiere, perdería todo lo que tengo en el maletero de mi coche.

—Y ¿cómo podría ayudarle? Tal vez pueda servirle de prueba que le enseñe cómo me apoyo en un mueble mientras hablamos, que es por cierto lo que estoy haciendo desde su llegada.

—Si se refiere a la pequeña mesita de muñecas que hay tras sus zapatos, la verdad es que no me acaba de convencer, ¿podría mostrarme alguna otra prueba? Se lo ruego.

—Sí, a ver qué le parece ésta:

Y en ese momento le enseña el carnet de socio del Club de Veteranos de Calderería Recreativa al tiempo que se ajusta el nudo de la corbata con un par de muecas basculantes.

—Vaya, esto sí que me convence... ¡muchas gracias señor!, mi mensaje es el siguiente:

"¿No habrá visto por casualidad a un bebé gateando por los pasillos?"

—No he visto eso que dice, pero le diré lo que sí he visto:

HE VISTO UN BUSANO.

9.10.11

UN PEQUEÑO MALENTENDIDO


Llegado de la zona más aislada de los garajes, muy cerca de los palomares, el modelador de voluntades A. G. Pábulo oficiaba admoniciones y soflamas en lo alto de una nevera girada.

Según pensó, era un lugar lo suficientemente seguro como para propiciar el modelado colectivo planeado, lo que al mismo tiempo le permitía mantenerse fuera del alcance de los agravios, pues tal como había observado, el temor a la electrocución que despiertan las neveras giradas es ampliamente conocido.

Había también, por si acaso, un foso casero lleno de material biológico fallido rodeando el electrodoméstico con el fin de desalentar a los más vehementes.

Ese día el modelador A.G. Pábulo quiso señalar a dos contendientes para que pusieran a prueba sus voluntades luchando ante la concurrencia. Para ello escupió dos veces.

Los adversarios una vez señalados, son envueltos en mantas y correas para a continuación ser acarreados en baldes desde el fondo del pasillo. La operación está a cargo de tres operarios, uno de los cuales dirige las maniobras y marca el ritmo adecuado.

Entonces suena un silbato, son desembalados y fumigados y, tras un breve escrutinio personal a cargo del oficiante (que usa varillas) son introducidos semidesnudos en una enorme palangana azul a modo de ring, dispuesta en el centro de la cocina. Este recipiente es zarandeado pertinazmente por los asistentes más atribularios con el fin de azuzar a los contendientes señalados quienes ya tienen bastante con intentar apartarse el uno del otro. La energía refractaria, aun siendo máxima, no es suficiente para separarlos. Ni siquiera utilizando palos y escambrelas pudo obtenerse un resultado diferente: los contendientes acaban formando una esfera sin fisuras.

"¡Basta!", gritó el oficiante,

"Estáis malgastando vuestros esfuerzos inútilmente. Daos cuenta de que una bola de sebo multicolor no puede luchar contra sí misma, a no ser que admitamos previamente la existencia en su núcleo de al menos dos fuerzas antagónicas neutralizando conscientemente la expresión de su dualidad, ¿es eso lo que sucede?".

En ese momento una mujer ataviada con peluca naranja y grandes gafas de sol que llevaba una bolsa de plástico de la que asomaba una barra de pan, dijo lo siguiente:

"Discúlpeme un momento señor educador, si no le importa me llevaré la bola a casa antes de que pierda viscosidad".

Como para dar más énfasis a sus palabras, abrió alegremente una pequeña portezuela alicatada de azulejos verde claro en una de las paredes adyacentes que parecía dar a una especie de fresquera, y sin dar más explicaciones introdujo la bola en el habitáculo, para lo cual le bastó con empujarla un poco hasta hacerla caer de la palangana y dirigir su rodadura con suaves palmaditas durante unos breves instantes.