11.4.06

QUÉ ES LO QUE QUIERES HACER REALMENTE



Hace un tiempo, cuando vivía en la ciudad, mientras ordenaba botecitos en una repisa del baño pensé esto:

Los homínidos bidimensionales que viven en las paredes de pladur no han salido todavía a respirar. Quizá no lo necesiten al ser sus pulmones planos, quien sabe. Lo que si sabemos es que a la hora de poner un cuadro pesado, las dudas sobre el sitio ideal para colgarlo se suceden una tras otra. Concretamente estas dudas son dos:

1. ¿Quedará bonito?
2. ¿Podré herir a alguien?

Por eso mi casa actual (en mitad de un descampado) no tiene paredes propiamente dichas. Debido a las ventajas derivadas de una larga relación con alienígenas, he podido instalar en el vestíbulo, un emisor de “sensaciones de paredes en lugares que, por su naturaleza espacial, propenden a ser distribuidos en subespacios”. Este emisor cuya forma recuerda a un mando de coche-patrulla teledirigido, posee una especie de tirador que regula el nivel de intensidad de las sensaciones. Yo lo tengo puesto por defecto en la posición 1000 que es la máxima. De esta manera, he convertido mi casa diáfana de 75 metros cuadrados, en un laberinto de doscientas habitaciones. Es por esta razón que vivo fuera de ella, entre los matorrales, lo que me ha obligado a adoptar costumbres de conejo.

Sin embargo las visitas (muy escasas) quedan realmente sorprendidas por la revolucionaria distribución de las habitaciones, y aunque todavía nadie se ha quedado a dormir, me han dicho que “qué bonito es todo” y que sintiéndolo en el alma tenían que irse sin demora a un cumpleaños de un familiar extraordinariamente cercano que el pobre está un poco cojito.

Ahora bien, vivir al lado de una casa sin homínidos bidimensionales produce mucha tristeza, así que, también debido a las ventajas derivadas de una larga relación con alienígenas, he pedido que me instalen en lo alto de una loma adyacente una máquina depuradora de emociones, y aunque todavía no me han enviado los filtros, todo parece indicar que podré disfrutar de sus maravillosas prestaciones la semana que viene. He configurado este prodigio tecnológico de tal manera que la tristeza expelida durante una tarde de domingo, por poner un ejemplo conocido, produzca gorritos de lana y un muelle pequeño al cabo de dos o tres horas.

UN RATITO MAS TARDE, ALGO PASA

Vaya. Todo muy bien, pero acabo de descubrir que es mucho lío, que soy ya demasiado conejo para todo esto. Gracias de todas formas a mis queridos amigos del planeta Igo, pero a partir de ahora voy a dedicarme a correr y saltar de un lado para otro sin parar ni un solo instante.
Si. Es esto lo que verdaderamente quiero hacer.

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